Un Gallinero en Casa

Un Gallinero en Casa

Llevaba tiempo esperando el momento para llevar a cabo el proyecto de tener un gallinero en casa. Algo que me parece fundamental en una familia como la nuestra donde a todos les gusta comer huevos y hasta ahora, dependíamos siempre de lo que nos podía vender o intercambiar por algunas verduras nuestra vecina, ya que no nos apetece en lo absoluto comprar huevos de almacén o supermercado, donde no sabemos cómo son producidos ni la cantidad de hormonas o antibióticos que puedan tener.

Comenzamos visualizando el lugar más apropiado para que puedan vivir felices las gallinas y los pollitos, encontramos un sector que aún tiene al menos unos 250 m2 de bosque bien denso que se destinaron como un espacio para que las aves puedan explorar, sentirse libres (no las puedo dejar libres como tal, ya que se comen los cultivos), comer insectos y tener un ambiente un poco más fresco y natural para vivir. A ese espacio, se le suman unos 50 m2 un poco más despejados donde se proyectó construir su casa. Una vez decidido el lugar, empezamos a colocar los palos de cerco y la malla para lo que se convertiría en el gallinero. Aquí no fue tanto trabajo porque ya teníamos la mitad del cerco instalado debido a que en un comienzo fue necesario marcar los límites de nuestro terreno y proteger nuestros cultivos de las gallinas de la vecina que se venían a dar banquete a nuestra huerta, por lo que este mismo cerco fue aprovechado y solo debimos agregar la otra mitad y hacer una puerta. La casita de las gallinas la hicimos con palos que se sacaron del mismo bosque y solo compramos unas planchas para techar; la cubierta de viento y lluvia fue hecha de palmas de coquero, tal y cual como se construían las casas hace unos años atrás.

Una vez listo el gallinero, partimos a comprar los pollitos y gallinas en familia, acompañados de Carliños (compañero de trabajo nativo de acá), que es el que sabía dónde encontrar gallinas bien adaptadas y con la edad precisa para que comenzaran a poner huevos pronto. Llegamos a la feria de Goianinhia y nos encontramos con un escenario de gallinas amarradas fuertemente de sus patas, unidas al menos en grupos de 3 a 4 y tiradas en el piso a pleno sol, otras metidas en jaulas donde no cabía ni una hormiga y todas con su mirada y una actitud clara de sufrimiento; fue una situación devastadora con la que a mis hijos se les transformó su rostro y esa cara de ilusión que traían se desvaneció… incluso vi caer unas lágrimas de mi hijo Gael. No podían comprender, por qué esas personas trataban tan mal a estos animales, algo que para ellos se sale de toda normalidad y de toda aceptación natural a las cosas. Mi mente comenzó rápidamente a funcionar y empecé a pensar que quizás sería bueno no comprarlas, ya que el hacerlo, sería fomentar un negocio cruel; sin embargo, en ese momento Gael dice “¿mamá, a cuántas de ellas vamos a poder salvar?”. Ahí quedaron mis cuestionamientos, inmediatamente dupliqué el número inicial que pensaba comprar y las subimos al auto. Fuimos a otro almacén a buscar algo de alimento y a conseguir los pollitos que querían tener. Eligieron 6 pollitos, dos cada uno y los pusimos en una cajita para traerlos a casa. En el viaje empezaron las preguntas de porqué a los pollitos los trataban bien y a las gallinas tan mal, de cómo podían tener tantas gallinas encerradas en una jaula y miles de dudas y sentimientos en relación a lo vivido; también se dieron cuenta de lo asustadas e inquietas que estaban las gallinas y decidieron comenzar a cantar e intentar calmarlas hasta la llegada a casa. Una vez instaladas en su gallinero, lograron respirar profundo y decirles “bienvenidas que aquí las vamos a cuidar y querer mucho”.

Es tremendo el mercado animal, uno eso siempre lo sabe, pero bien distinto es vivirlo, desatarles sus patas y verles las heridas, que te acerques y salgan atemorizadas, es duro ver la crueldad.

Si bien el fin de los pollitos y las gallinas ha sido inspirado en el consumo de huevos, no deja de darme vueltas la idea de que, en algún momento, me atreva a sacrificar alguno de ellos en función de tener carne de ave para mi familia, algo que me estremece el corazón en tan solo pensarlo, pero que también me es impulsado hacer simplemente por coherencia con la vida. Así es, yo personalmente no como carne, sin embargo, mis hijos y marido si lo hacen, por lo que puedo afirmar que mi familia es consumidora de carne y eso nos hace parte de este mercado en particular; de su crueldad y de todos los desastres medioambientales que trae consigo la forma en que este ha sido manejado. Mi objetivo con este blog está lejos de cuestionar las preferencias alimentarias de cada quien, sino que lo que me impulsa es el que se deje de ignorar las implicancias de la producción de cada alimento que elegimos hacer parte de nuestra vida. El punto principal que me gustaría abordar, es que la mayoría de las personas que comen carne y/o sus derivados, no tienen contacto con el origen ni la forma en que estos animales han sido criados y muchas veces sacrificados; lo que no nos hace completamente libres de elección ni de responsabilidad frente a nuestra acción. Es en este pensamiento que me sumerjo a creer que el consumir carne, o yendo más allá, cualquier “consumo”, debe ser una elección llena de conciencia, ética y libertad; y que, para tenerla, debemos conocer y hacernos responsables de los orígenes y procesos de lo que estamos consumiendo. Esto no se trata de que una persona que vive en departamento y quiere comer carne, tenga que criar y matar una vaca; pero si se hace necesario hacerse conscientes de lo que se está comprando y el origen exacto de donde proviene. Esa es una exigencia que como consumidores tenemos el derecho a ejercer, y los productores y el mercado deben poder cumplir con esta demanda. Un tema que da para largo, pero que ya vendrá el momento de abordar en profundidad.

En fin, ya con nuestro gallinero, damos un pasito más a la resiliencia, a la autosuficiencia, a comer de lo que se produce en casa y a aprovechar nuestros desechos de frutas y verduras en dar alimento a otros seres vivos; una forma de cerrar un ciclo natural. Ya pronto comenzaremos a preparar abonos en base a los desechos de ellas y con eso hacer crecer sanas y fuertes nuestras plantas. Así ha comenzado esta parte de la historia con 10 gallinas y 6 pollitos, que esperemos se vayan multiplicando y creciendo felices y saludables.

Para los que viven en la ciudad, me gustaría mencionar que, si bien nosotros tenemos la posibilidad de contar con bastante espacio para las aves, en la zona urbana también es posible hacerlo, para lo que les dejo acá, un pequeño artículo sobre gallinas urbanas que escribí para una revista chilena hace un tiempo atrás.

 

Gallinas Urbanas

Las gallinas urbanas, no son otra cosa que aves que viven en la ciudad. Pueden tener la finalidad de ser criadas como mascotas o ser parte de un proyecto urbano que contemple además una huerta, logrando así, un ciclo perfecto entre la producción de hortalizas, nuestra alimentación, los desechos orgánicos que servirán de alimento para las aves, la producción de huevos y el guano como abono para una nueva producción.

Los huevos son un excelente alimento y buena fuente de proteína, sin embargo, los huevos corrientes que comemos a diario, son producidos en masa y las gallinas están en pésimas condiciones, son alimentadas con harinas de origen animal, se enferman muchísimo y el antibiótico es pan de cada día, por lo cual, si se tiene la posibilidad de tener gallinas caseras, bien alimentadas y felices, puede ser una excelente opción.

Existen distintas razas de gallinas; las hay de carne, ponedoras, de doble propósito, etc. En Chile tenemos una raza nativa llamada Araucana o Mapuche que es una gallina de doble propósito y además se caracteriza por estar muy adaptada a nuestras condiciones climáticas. Esta ave es una mezcla de dos razas puras provenientes del pueblo mapuche: la Kollonca (ausencia de cola) y la Ketro (aretes de piel). Ponen huevos de color azul verdoso y está en serio peligro de extinción producto de la hibridación.

Para que una gallina tenga una buena producción de huevos, pensando en un promedio de 20 huevos al mes, vamos a necesitar: buen alimento (verduras y maíz u otro cereal), protección contra el frío, viento y humedad (buen gallinero es fundamental), y aproximadamente 14 horas de luz (se puede incorporar luz artificial). Una familia de 4 a 5 personas, va a necesitar unas 3 0 4 gallinas para un abastecimiento semanal promedio de 12 huevos o más. El tamaño del gallinero es variable, pero puede ser de unos 2,5 mt de largo x 1 mt de ancho logrando un buen espacio para que vivan ahí. En cuanto al gallo, no será necesario contar con éste, a no ser que queramos tener pollitos.

Por otra parte, las gallinas son excelentes controladoras de insectos y cualquier tipo de plaga que ataque al jardín, por lo que, si las quieres soltar unas horas al día para que den un paseo, además de estar muy felices ellas, mantendrás tu jardín libre de plagas.

El guano que vayas retirando del gallinero, la mejor forma de tratarlo es haciendo un hoyo en un rincón del jardín e ir poniendo una capa de guano y otra capa de tierra, lo volteas y humedeces de vez en cuando. Para cosecharlo, lo dejas tapado con tierra por un mes y de forma paralela vas haciendo otro hoyo donde pones el material nuevo y sigues el ciclo. Es importante compostar el guano antes de esparcirlo en el jardín, ya que este cuando es crudo y se aplica en grandes cantidades, puede hacerles daño a las plantas.

En resumidas cuentas, instala un buen gallinero, consigue gallinas sanas y jóvenes (a partir de los 5 meses ya ponen huevos), aliméntalas y ponles agua fresca a diario, recoge los huevos, y limpia y cambia su cama mínimo una vez al mes. Las puedes regalonear y los niños pueden jugar con ellas como mascota, son simpáticas y bien querendonas. Es importante contar con el apoyo de un veterinario y de controlar la posible aparición de moscas con una limpieza frecuente y con trampas que impidan su reproducción.

Algunos datitos: