Se entiende por suelo, como la capa más superficial y delgada de la corteza terrestre donde habitan numerosos organismos y crece la vegetación. Se ha formado muy lentamente a través de los siglos como la manifestación de una suma de procesos relacionados al clima, el tiempo, tipos de roca madre, la topografía y factores biológicos.
El suelo está compuesto por una porción inorgánica y otra orgánica, la primera proviene de la desintegración de las rocas, donde los tamaños de las partículas minerales determinan sus propiedades físicas: textura, estructura, capacidad de drenaje del agua y aireación. La segunda, corresponde a una porción biológica u orgánica como resultado de la acción de innumerables microorganismos como bacterias, hongos, nemátodos, numerosos insectos y lombrices que descomponen y transforman los restos vegetales y excrementos animales en materia orgánica. La proporción e interacción mineral y orgánica que lo componen, dará origen a las propiedades químicas y su disponibilidad de nutrientes para el desarrollo vegetal.
El mejor ejemplo de vida en el suelo es aquel que se encuentra dentro de un bosque, donde existe una gran diversidad de flora y fauna. Las raíces de los árboles sujetan la tierra, el follaje de los árboles suaviza el impacto de la lluvia y la fuerza del viento; los restos vegetales y animales son transformados en materia orgánica y dan paso a la formación de una buena capa de suelo. Sin embargo, bosques quedan pocos, la población aumenta, con ella las construcciones y la necesidad de producir más alimentos. Están siendo talados y quemados, la lluvia y el viento generan erosión, los ríos están contaminados; plaguicidas y pesticidas son usados sin control. Es por ello, que cada trozo de tierra que tenga como destino ser un jardín o espacio de cultivo, debe ser tratada como lo que es; un organismo complejo y vivo que necesita la interacción de todos sus componentes para lograr un equilibrio.
Existen algunos suelos más difíciles que otros para trabajar, algunos son muy pesados producto de la alta proporción de arcilla, otros como los arenosos retienen poca humedad y nutrientes, algunos no permiten la infiltración de agua, otros son salinos o muy ácidos y otros simplemente están muertos por la acción humana y la concepción de que su única función es ser un medio físico para sostener la planta. Sin embargo, si el suelo no es el más apropiado para un cultivo o jardín, el ser humano tiene la capacidad de regenerarlo por medio de la incorporación de materia orgánica, minerales y la activación biológica de éste. La receta siempre es la misma; si das vida, vida te dará.
Para dar vida a un suelo, yo siempre tomo algunas medias básicas que son:
-Conocer el suelo con el que contamos; sus características físicas, químicas y biológicas.
-La no utilización de fertilizantes y pesticidas químicos sintéticos, ya que son los principales causales de la contaminación y muerte de vida en el suelo.
-Sembrar y plantar siempre en contra de la pendiente para evitar erosión.
-Utilizar barreras naturales para controlar los vientos.
-Usar cobertura vegetal viva o rastrojos (restos de cultivos). No dejar suelos descubiertos.
-Incorporar mucha materia orgánica como compost, humus, guano y todo tipo de material que pueda servir para aumentar la vida en el suelo.
-Favorecer la biodiversidad por sobre la producción de pocas o una sola especie.
Por estos lados de Brasil donde me encuentro, la gente tiene clasificados sus suelos como “malos para la producción de hortalizas”, sin embargo, se dan muy bien especies como la albahaca, berenjenas, yuca, lechuga, cilantro y el maní. Se ve un buen desarrollo de frutales como maracuyá, cajá, cajú, jambre, mango, mangaba, guayaba, bananos y unas cuantas especies más. Por mi parte, pienso que no existen suelos malos ni buenos; más bien creo en la existencia de especies adaptadas a ciertas condiciones, y en la posibilidad de adaptar a otras trabajando en la incorporación de materia orgánica, minerales y otras prácticas como biopreparados fermentados que favorezcan la actividad biológica en el suelo. Transformándose en una manera de aumentar la biodiversidad y favorecer la variedad en la alimentación de las personas.